Boyhood. Momentos de una vida de Richard Linklater

El lamento proclive al combate, es sin duda una chispa sin apenas requiebros a la nostalgia; mueve sin dudarlo la hondura de cada impulso rebelándose contra ese verso de Auden, No puedo dominar el tiempo.

El progenitor de nuestro protagonista regala a su hijo un posible CD de los Beatles con un título imposible, improbable, posible tal vez, reza un título irónico The Black álbum. El CD reúne las mejores canciones del grupo tras la separación, lo que cada uno de sus miembros por separado compuso y cantaron. Es ante todo una manera un tanto curiosa de volver a juntar aquellos muchachos ingleses. Cuál es el objetivo, quizás una pretensión de volver marcha atrás en el tiempo, combatir el trascurso del tiempo, encapsular ese tiempo…

Quizás esa idea que hemos manifestado, con anterioridad, se inserte en este trabajo. La cinta transita a lo largo de doce años, consigue la misma concentrarse en unas casi tres horas de duración (2002-2013) de la vida ficcionalizada del niño Mason, desde que este tiene unos seis años hasta que cumple dieciocho –ingresa en la universidad-. Unos años que son los mismos en los que se ha estado rodando la cinta y durante los que el infante actor se convertía en un actor ya adolescente, delante claro esta de una cámara atenta a como este iba cambiando; su cuerpo, también su rostro, lo mismo ocurre con el resto de los intérpretes, siguen igual recorrido.

Nos encontramos; sin dudarlo; ante un ensayo que hunde sus raíces en esa frase del propio cineasta que ahora copio; la verdad solo puede expresarse a lo largo de una trayectoria en el tiempo; intentar, en el fondo, capturar el devenir temporal con la capacidad de desvelar la emoción y por qué no la vida. El cineasta invoca por consiguiente aquellos momentos cotidianos de la infancia, también de la adolescencia, que perviven en el recuerdo como sensaciones que son fugaces- el realizador lo lleva a cabo desde la perspectiva generacional de los dos hermanos, esto le permite por un lado conjugar al unísono las vivencias de sus intérpretes, pero también plantear su experiencia como progenitor, su mirada como autor; sin olvidarse de aquellas cuestiones concretas que le vienen a interesar

Todo lo que viene a ocurrir durante ese tiempo trascurre dentro de un contexto social, la clase suburbana tejana –habitan tantas referencias sociales como culturales-.

Nuestro protagonista Mason, desde luego, no viene a tomar lo que le acontece como una encrucijada decisiva. La película fluye hacia delante, un año sigue a otro, la situaciones están concatenadas pero no son nada relevantes sin en cambio, existe cierta despreocupación observacional.

El realizador deja sumergidos bajo las elipsis narrativas todos y cada uno de los tramos dramáticos. La presente propuesta no habla de hitos, sino del paso del tiempo, ocupándose de lo transitorio. No hace falta que visualicemos los dramas, solo que nos hagamos cargo de los mismos –esta intencionalidad está presente en la estructura de la cinta, en lo que el autor quiere filmar y lo que opta por dejar fuera-

De esta manera el protagonista no está por encima de los difíciles momentos que le toca vivir, no reflexiona sobre ellos, ni al cineasta le interesan, no hay fundidos ni recursos visuales de ningún tipo, no hay ni siquiera letreros, ni siquiera el montaje hace lo contrario. Los personajes solo crecen con respecto al año anterior, los saltos en el tiempo cinematográficos son invisibles, solo tienen cabida las mutaciones fisiológicas, por ejemplo.

El realizador observa el paso del tiempo, construye su film sin nudos ni conflictos, solo se pretende acompañar a Mason durante el trascurso de la vida, no se ilustra la trama, no se pretende llegar a una conclusión, no hay dramaturgia, el tiempo pasa pero no viene a dilatarse…. El discurrir de las imágenes permite crear de nuevo un nuevo tipo de sentimiento

2014: Festival de Berlín: Mejor director

 

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Arábia de João Dumans, Affonso Uchoa

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Sinopsis: André es un niño que vive en un barrio industrial de Ouro Preto, Brasil, cerca de una antigua fábrica de aluminio. Un día encuentra un cuaderno de uno de los trabajadores de la fábrica.

El presente trabajo se inicia como una trama de ficción (la relación entre este y su hermano y la mujer que los cuida), sin embargo un leve giro narrativo nos permite embarcarnos, conjuntamente con André, en el relato autobiográfico de un desconocido obrero. La lectura efectuada de ese diario concede un espacio a Cristiano. Su voz en over nos va narrando su viaje por tierras brasileñas (Minas Gerais), sus peripecias, sus vicisitudes, sus encuentros, al tiempo va convocando diversas voces, anécdotas diversas…Todo esto, apenas trascendente a priori, va tomando fuerza levemente, ayudando a crear una atmósfera social que va desencadenando un análisis pertinente de la situación social del país (inseguridad, violencia, precaria situación laboral, sueños rotos).

Los realizadores huyen de todo alegato al uso, y optan, además, por evocar de manera paralela la vitalidad de todos y cada uno de los personajes que se cruzan con nuestro protagonista Cristiano… Encrucijadas diversas, en las que intervienen las músicas, las rutinas, las tristezas, lo episódico, las problemáticas….

Arábia es un relato polifónico a caballo entre lo ficcional y la necesidad documental, en definitiva, y que surge asombrosamente de ese cuaderno de notas que lee André, y que le permite conocer y experimentar.

 

 

 

 

 

Mary y la flor de la bruja de Hiromasa Yonebayashi

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No hay duda que el animador toma preciadas referencias visuales y dramáticas, desde los films anime realizados por el maestro Miyazaki, hasta los preciados universos narrativos de Alicia en el país de las maravillas, el Mago de Oz o Harry Potter.

Visualmente el film es interesante a tramos, pero carece ciertamente de profundidad dramática, y los universos creados y dibujados, para la ocasión, están poco trabajados. Es reseñable, su deseo de buscar empatía con el gran público, pero a la cinta le falta atrevimiento y creatividad.

La mujer que sabía leer de Marine Francen

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Cómo puede reaccionar un universo femenino cerrado ante la ausencia de hombres, hasta que un buen día y por azar aparece un hombre y cuáles son las decisiones que estas toman al respecto. Esta cuestión, no novedosa, se plantea desde diversos posicionamientos, meramente enunciados y no del todo bien resueltos, carentes de pasión y nervio: Las tensiones surgidas en la comunidad y sus deseos frente a lo individual, las definiciones entre lo femenino y lo masculino,  los choques o conflictos entre lo deseado y lo imprescindible, las necesidades de revivir los sentimientos, las dificultades de inventar modelos de convivencia más allá de cuestiones patriarcales (matriarcales), la focalización de la trama en un solo personaje femenino diferenciador del resto de la comunidad (idea propuesta por la directora, que se aparta del título de la novela de la que se parte, El hombre semen de Violette Ailhaud).

2017: Festival de San Sebastián: Premio Nuevos Realizadores.

 

Misión imposible: Fallout de Christopher McQuarrie

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Continúa la saga, inspirada en la famosa serie televisiva.

Esta entrega extiende narrativamente la trama anterior y se ocupa de hilar algún que otro hilo suelto, alojado en entregas pasadas. Poco importa la verosimilitud de la trama y mucho menos sus posibles alambicados giros y sus precisos ases escondidos. Esta entrega es pura acción. El movimiento de los cuerpos y de los artefactos viene a ser una virtud incuestionable. La grácil coreografía de los mismos compone una sinfonía capaz de trasmitir tensión.

La aparición de Xavier Giannoli

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Algunas cuestiones planteadas en los inicios de la cinta nos resultan un tanto extrañas: ¿Cómo un periodista de guerra agnóstico, que sufre un trauma, acepta inmediatamente un encargo de la alta magistratura vaticana de formar parte de un comité investigador, que arroje luz sobre la veracidad de una serie de apariciones marianas? Pese a todo, la cinta logra generar cierta intriga en sus comienzos, sin embargo según va trascurriendo minutos de metraje, el suspense va desmoronándose, debido a que el discurrir de la trama se adentra dentro de una especie de encrucijada, donde no se sabe muy bien cómo salir. Tampoco el film termina de constituirse como un drama, ni como corrosivo análisis de la política eclesiástica, ni como cinta verdaderamente religiosa.

 

Un, dos, tres de Billy Wilder

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Una de las características de esta perspicaz y sardónica y voraz y caótica y tan llena de matices cinta (además caricaturesca, y a tramos absurda tragicomedia de los cotidiano), es que no se permite ninguna tregua de cara al espectador. Su ritmo es frenético (nos remite inmediatamente al espíritu de las Screwball Comedy o comedias alocadas, de hecho el propio Wilder fue guionista de algunas de ellas), los diálogos están sumamente acelerados hasta límites endiablados (constantes réplicas y contra réplicas entre los personajes intervinientes), cada situación es superada por la posterior, el guión viene a complicar aún más la hilarante trama (por ejemplo, la rapidez con la que se desarrollan todas y cada una de las acciones que conforman el nudo y el desenlace de la misma), el humor es despiadado -inmensamente cruel- y el héroe de la comedia es maltratado (corre desaforadamente tras los acontecimientos).Tras la risa se intuye la desesperación.

Poco o nada queda de aquella obra de un solo acto escrita por el dramaturgo húngaro Ferenc Mólnar (1926). En manos del propio Wilder y Diamond, la obra se trasforma en una ácida sátira, de lo que en aquellos instantes era la Guerra Fría. Una sardónica visión que no deja títere con cabeza.

Hemos de tener en cuenta, como espectadores, el contexto histórico europeo donde se desarrolla esta historia (las relaciones Este-Oeste alemanas en plena Guerra Fría y los días posteriores al levantamiento del muro, además de múltiples hechos e acontecimientos que acaecieron en aquellos tiempos).

En la cinta habita tanto una crítica mordaz al capitalismo como al comunismo -aunque algunos espectadores se quejan que el comunismo es quien sale, en su mayor parte, mal parado de ese enfrentamiento más que ideológico-. Los llamados mitos comunistas van derrumbándose lentamente (desternillante sátira crítica a los tres comisionados de comercio rusos, elevada finalmente como una despiadada crítica del discurso ideológico).

Existe en la cinta un enfrentamiento mordaz, de índole ideológica, entre el capitalismo occidental y el comunismo soviético de partido único, hasta el punto de desconstruirlos (tantos son los perspicaces detalles). Se manifiestan evidentes contrastes entre la democracia y la dictadura, pero también entre las características diferenciadoras entre los alemanes occidentales (el sentido de la obediencia a la autoridad, la disciplina de raíces germánicas, las responsabilidades e hipocresías con relación al pasado nazi, la riqueza pujante de la nueva Alemania) y los orientales (estos están adocenados y cada vez más empobrecidos, son sumisos a las consignas políticas provenientes de Moscú).

Nota ampliada: Igualmente, la película trata la teórica diferencia entre la idiosincrasia europea y el modo de vida americano. Tanto MacNamara y su familia, como la familia de su jefe, realizan multitud de bromas al respecto. En ese sentido, existe también una crítica radical contra la posibilidad de que exista una moral sólida dentro del mundo capitalista. Tanto la «libertad» americana como la tradición europea, acaban sucumbiendo al poder y la corrupción del dinero. Esto puede observarse en la reacción de los padres estadounidenses al saber que su hija Scarlett se ha casado, pero con un adinerado noble alemán; o en el proceso de transformación del revolucionario Otto en un digno representante de la alta sociedad. Del mismo modo, el papel de los representantes comerciales rusos pone en evidencia el orden de prioridades humanas.

La película también señala la preeminencia de los ciudadanos americanos en los territorios europeos controlados por los aliados. La importancia de los estadounidenses se asocia claramente con la existencia de un capital sólido y fundamental para el futuro de los países sumidos en la crisis de Posguerra. La propuesta de MacNamara de convertir a Coca-Cola en «the first american company to crack the Iron Curtain” (Daum, 2000) actúa en la película como la «vanguardia» del Plan Marshall en territorio de la URSS. Al mismo tiempo, los personajes protagonistas en el bando capitalista aparecen «sometidos» de algún modo a instancias superiores. La asociación del sistema occidental con Coca-Cola marca también una relación conceptual en la que el capitalismo coloniza el mundo a través de la «seducción azucarada» que supone el consumo.

Capitalismo y Comunismo sufren una radical crítica en Uno, dos, tres. Quizás el hecho de que la película sea un producto de la inversión capitalista determina que la parte dedicada a este bloque sea más sutil. En cualquier caso, eso solo aumenta la profundidad de la destructiva revisión del mundo bipolar que realiza Wilder. Al retratar el lado oriental del Telón de Acero, el director y guionista demuestra que conoce la pasión de los norteamericanos por demostrar su superioridad moral frente a aquellos que viven en un sistema colectivizado. Todo el lío provocado con el reloj de cuco y el globo de «Russki Go Home», o el hecho de que los representantes comerciales sean en realidad espías, no hace más que caricaturizar uno de los regímenes más autoritarios que ha conocido la humanidad. Además, casi todos los ciudadanos «comunistas» que aparecen en la película reniegan de algún modo de la doctrina oficial del Kremlin al verse tentados por la riqueza del capitalismo (los guardias fronterizos al requisar las botellas de Coca-Cola, o el representante comercial ruso al cruzar la frontera y desertar). Una vez más, se vislumbra el escepticismo satírico antes mencionado, ya que, cuando se recurre al ámbito más cercano a lo cotidiano, los grandes dogmas que dividen al mundo en dos bloques tienden al absurdo y a la heterodoxia (Álvaro de Balbín Bueno, análisis de la cinta para el blog; La soledad del tipo del fondo).

 

 

Foxtrot de Samuel Maoz

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Cinta narrada en tres actos, cuyos tres tiempos se alteran. La misma, plantea una inteligente metáfora, que gira alrededor de los traumas históricos israelíes, aquellos que manifiestan un estrecho conflicto consigo mismos y con su identidad, y aquellos otros que tienen que ver con su enfrentamiento con el mundo.

Foxtrot gira de dirección en diversos momentos, evitando es cierto toda previsibilidad, hasta el punto de relativizar el inicio y adoptar una dimensión diferente al sentido de la narración. Es precisamente esos continuos cambios de tono y giros desconcertantes, los que desnivelan la coherencia total de la cinta. Su potencial puesta en escena tiende a apagar la tragedia. Quizás sea el último tramo de la cinta el más auténtico, el de mayor intencionalidad, el más despojado de todo artificio.

2017: Festival de Venecia: Gran Premio del Jurado.