Un, dos, tres de Billy Wilder

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Una de las características de esta perspicaz y sardónica y voraz y caótica y tan llena de matices cinta (además caricaturesca, y a tramos absurda tragicomedia de los cotidiano), es que no se permite ninguna tregua de cara al espectador. Su ritmo es frenético (nos remite inmediatamente al espíritu de las Screwball Comedy o comedias alocadas, de hecho el propio Wilder fue guionista de algunas de ellas), los diálogos están sumamente acelerados hasta límites endiablados (constantes réplicas y contra réplicas entre los personajes intervinientes), cada situación es superada por la posterior, el guión viene a complicar aún más la hilarante trama (por ejemplo, la rapidez con la que se desarrollan todas y cada una de las acciones que conforman el nudo y el desenlace de la misma), el humor es despiadado -inmensamente cruel- y el héroe de la comedia es maltratado (corre desaforadamente tras los acontecimientos).Tras la risa se intuye la desesperación.

Poco o nada queda de aquella obra de un solo acto escrita por el dramaturgo húngaro Ferenc Mólnar (1926). En manos del propio Wilder y Diamond, la obra se trasforma en una ácida sátira, de lo que en aquellos instantes era la Guerra Fría. Una sardónica visión que no deja títere con cabeza.

Hemos de tener en cuenta, como espectadores, el contexto histórico europeo donde se desarrolla esta historia (las relaciones Este-Oeste alemanas en plena Guerra Fría y los días posteriores al levantamiento del muro, además de múltiples hechos e acontecimientos que acaecieron en aquellos tiempos).

En la cinta habita tanto una crítica mordaz al capitalismo como al comunismo -aunque algunos espectadores se quejan que el comunismo es quien sale, en su mayor parte, mal parado de ese enfrentamiento más que ideológico-. Los llamados mitos comunistas van derrumbándose lentamente (desternillante sátira crítica a los tres comisionados de comercio rusos, elevada finalmente como una despiadada crítica del discurso ideológico).

Existe en la cinta un enfrentamiento mordaz, de índole ideológica, entre el capitalismo occidental y el comunismo soviético de partido único, hasta el punto de desconstruirlos (tantos son los perspicaces detalles). Se manifiestan evidentes contrastes entre la democracia y la dictadura, pero también entre las características diferenciadoras entre los alemanes occidentales (el sentido de la obediencia a la autoridad, la disciplina de raíces germánicas, las responsabilidades e hipocresías con relación al pasado nazi, la riqueza pujante de la nueva Alemania) y los orientales (estos están adocenados y cada vez más empobrecidos, son sumisos a las consignas políticas provenientes de Moscú).

Nota ampliada: Igualmente, la película trata la teórica diferencia entre la idiosincrasia europea y el modo de vida americano. Tanto MacNamara y su familia, como la familia de su jefe, realizan multitud de bromas al respecto. En ese sentido, existe también una crítica radical contra la posibilidad de que exista una moral sólida dentro del mundo capitalista. Tanto la «libertad» americana como la tradición europea, acaban sucumbiendo al poder y la corrupción del dinero. Esto puede observarse en la reacción de los padres estadounidenses al saber que su hija Scarlett se ha casado, pero con un adinerado noble alemán; o en el proceso de transformación del revolucionario Otto en un digno representante de la alta sociedad. Del mismo modo, el papel de los representantes comerciales rusos pone en evidencia el orden de prioridades humanas.

La película también señala la preeminencia de los ciudadanos americanos en los territorios europeos controlados por los aliados. La importancia de los estadounidenses se asocia claramente con la existencia de un capital sólido y fundamental para el futuro de los países sumidos en la crisis de Posguerra. La propuesta de MacNamara de convertir a Coca-Cola en «the first american company to crack the Iron Curtain” (Daum, 2000) actúa en la película como la «vanguardia» del Plan Marshall en territorio de la URSS. Al mismo tiempo, los personajes protagonistas en el bando capitalista aparecen «sometidos» de algún modo a instancias superiores. La asociación del sistema occidental con Coca-Cola marca también una relación conceptual en la que el capitalismo coloniza el mundo a través de la «seducción azucarada» que supone el consumo.

Capitalismo y Comunismo sufren una radical crítica en Uno, dos, tres. Quizás el hecho de que la película sea un producto de la inversión capitalista determina que la parte dedicada a este bloque sea más sutil. En cualquier caso, eso solo aumenta la profundidad de la destructiva revisión del mundo bipolar que realiza Wilder. Al retratar el lado oriental del Telón de Acero, el director y guionista demuestra que conoce la pasión de los norteamericanos por demostrar su superioridad moral frente a aquellos que viven en un sistema colectivizado. Todo el lío provocado con el reloj de cuco y el globo de «Russki Go Home», o el hecho de que los representantes comerciales sean en realidad espías, no hace más que caricaturizar uno de los regímenes más autoritarios que ha conocido la humanidad. Además, casi todos los ciudadanos «comunistas» que aparecen en la película reniegan de algún modo de la doctrina oficial del Kremlin al verse tentados por la riqueza del capitalismo (los guardias fronterizos al requisar las botellas de Coca-Cola, o el representante comercial ruso al cruzar la frontera y desertar). Una vez más, se vislumbra el escepticismo satírico antes mencionado, ya que, cuando se recurre al ámbito más cercano a lo cotidiano, los grandes dogmas que dividen al mundo en dos bloques tienden al absurdo y a la heterodoxia (Álvaro de Balbín Bueno, análisis de la cinta para el blog; La soledad del tipo del fondo).

 

 

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