El cuento de las comadrejas de Juan José Campanella

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Remake de la cinta argentina, dirigida en los años setenta por José A Martínez Suárez, Los muchachos de antes no usaban arsénico.

El resultado es una cinta ciertamente fallida, casi teatral. Nada de lo que acontece parece mínimamente veraz. Sus diálogos son obvios, artificiosos, carentes de interés y tienden una y otra vez al subrayado (nuevamente la tradición combate contra la modernidad especulativa). Los personajes son cargantes, tan retóricos como sus moralinas y rancio sentido del humor, pretendidamente negro, nada mordiente.

Destaca el elenco.

Las hijas del fuego de Albertina Carri

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Pensar en el cuerpo, en los cuerpos como si estos fueran continentes, también paisajes – una voz en off dentro de la cinta lo asume como una declaración de principios-.

La existencia del cuerpo, de los cuerpos, es incuestionable. Los cuerpos existen, y no son de ningún modo imposiciones sistemáticas. Los cuerpos son diversos, como lo son también las imágenes libremente creadas por la directora. El cuerpo como deseo, como goce vital. Existe una nueva forma de relacionarse en sociedad, horadando con libérrima libertad la pasión sexual. El placer es una revolución que no ha de ser pecaminosa. Nada de culpabilidades.

A través de las manifiestas escenas sexuales, siempre explícitas, entre diversas mujeres se propone, evidentemente, una nueva manera de sentir, derribando todo convencionalismo social. El cine pornográfico de mirada patriarcal es derribado. También existe otro tipo de goce, otra imagen del cuerpo.

2018: BAFICI: Mejor película – Competencia argentina

El día que resistía Alessia Chiesa

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Esta obra se inicia como una cristalina, a la vez lúdica mirada infantil. Descubrimos la convivencia de esos tres hermanos dentro de un ambiente un tanto bucólico, situado fuera del mundanal ruido. Ellos viven dentro de una casa de campo alejada de la ciudad. Desde el primer instante no dejamos de observar lo que acontece, la cámara está siempre atenta. No perdemos detalle alguno. Una vez comenzado el trayecto nos damos cuenta de algo que nos produce inquietud; en ese hogar no existe la presencia del mundo adulto. Los padres están fuera de cuadro, están ausentes (solo intuimos algunos detalles, pero nada en concreto). La hermana mayor cuida de los otros dos hermanos. La lectura de Hansel y Gretel por parte de Fan sirve de resonancia inquietante que va atravesando el argumento, hasta tal punto de rasgarlo, perturbarlo, enrarecerlo. Los enigmas, las incógnitas, los misterios envuelven el relato, al tiempo que ese universo infantil va degradándose. La Naturaleza circundante condiciona, determina junto con los violentos cambios climáticos. El terror del pasado va reviviendo en la memoria, los personajes sufren a medida que van descubriendo fantasmagóricas realidades. Las rutinas cotidianas se van deformando. El fuera de campo se trasforma en amenaza. El autoritarismo de la hermana mayor prevalece. La cineasta va construyendo un trabajo inteligente, dúctil, sencillo y cuidadoso, al tiempo tenso, angustiante.

El bosque de los perros de Gonzalo Javier Zapico

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Dos constantes han de tenerse en cuenta al visionar esta ópera prima. La primera es que los misterios y los conflictos y angustias del pasado son irresolubles. La segunda radica que algunos de estos quedan fuera de cuadro, tal vez en segundo término o simplemente olvidados; sin cuestionamientos.

Las disputas o conflictos sentimentales van saliendo a la luz, gracias a una serie de flashbacks que se acoplan perfectamente a la narración.

El bosque de los perros despierta inquietud (opresión), y está perfectamente bien tensionado, pese a cierta morosidad en su inicio y a ciertas dudas razonables, que simplemente se ausentan.

Los miembros de la familia de Mateo Bendesky

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Nada de lo que se nos narra viene a ser seguro en esta cinta iniciática, tamizada por los desvíos de la realidad y el esoterismo. El sentido del absurdo prevalece junto con la sequedad y la extrañeza. Nada está garantizado, ni siquiera para los incómodos personajes, y sus acciones no menos incómodas. Nada se da por hecho, ni nada se da por dicho, el director apela a la intuición, sin duda, porque nada queda explicado ni garantizado, ni siquiera lo que les ocurrió a estos dos protagonistas. Solo sabremos quiénes son durante el metraje.

La Paz de Santiago Loza

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Este es un trabajo sobrio, prácticamente minimalista (escasos son los diálogos), al tiempo pudoroso y contenido.

Una tragedia intimista, en los que el gesto y los detalles, por mínimos que estos sean, surgen de la plena observación, gracias a que la cámara y sus movimientos están pendientes del protagonista y a una puesta en escena despojada de todo boato, que permite deambular y seguir los movimientos externos, también internos de Liso.

2013: BAFICI: Mejor película competencia argentina.