Hotel Bombay de Anthony Maras

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Durante el visionado de la cinta apenas existe tiempo material, no solo para definir personajes, sino para disertar sobre juicios morales, también sobre complejas y poliédricas lecturas políticas.

Maras reconstruye la fatídica matanza terrorista ocurrida en 2008, en el famoso Hotel Mumbay, como si se tratase de un acontecimiento real que se produce en directo, en ese mismo instante. Toda esa tensión generada, in situ, se ve reforzada por una puesta en escena eficiente, contando como aliado cómplice con la utilización de la libertad de movimientos que conceden diversas cámaras al hombro, que desde distintas angulaciones, y gracias a un certero montaje en paralelo, procuran narrar en tiempo real y continuado la trama (se suma además la utilización de imágenes de archivo, que atestiguan y refuerzan lo que sucede), permitiendo la adecuación de diversos puntos de vista.

Sweet Country de Warwick Thornton

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El director adopta fielmente los códigos del western clásico para reflexionar acerca del oscurantista periodo colonial australiano, en pleno siglo XX (los sucesos narrados acontecen durante el periodo de entreguerras).

La trama viene marcada por el aislamiento social, la tiranía colonial, las diversas condiciones de sus personajes, y formalmente por su inteligente montaje cinematográfico.

Javier Ocaña argumenta, en su crónica firmada para el periódico El País, lo que sigue acerca de la importancia del montaje en este film australiano “…mediante la cual una secuencia pierde su linealidad temporal para, en un nuevo orden que poco tiene de caprichoso y mucho de poético, adquirir un nuevo significado o una lectura a la que no se hubiera llegado si se hubiese montado de un modo cronológico”

2017: Festival de Venecia: Premio Especial del Jurado.

Tanna de Bentley Dean, Martin Butler

Es probable que los realizadores hayan pensado nada menos que en Robert Flaherty o Murnau como puntales de referencia a la hora de realizar esta tragedia romántica (Ver Moana y Tabú), rodada en los propios lugares donde parece que acaecieron los hechos, sirviéndose de actores nativos correspondientes a dicha tribu. Unos actores naturales insertados en una ficción.

Lo etnográfico y antropológico marcan los compases iniciales de la propuesta, mostrados bajo clises visuales un tanto esteticistas, heredados de sugerentes postales turísticas. Minutos más tarde, la cinta se detiene en ahondar en manidos caminos melodramáticos plenamente enfáticos, cargantemente explicativos. Lo simbólico se formula bajo caracteres unívocos.

One More Time with Feeling de Andrew Dominik

En nuestro interior, ante la tragedia, el sufrimiento humano viene a ser diferente. Este es un documental doloroso y sufriente acerca de la pérdida, al tiempo luminoso, inagotablemente cristalino.

En principio, seguimos al cantante Nick Cave y su grupo. Asistimos a todo el proceso de grabación del disco Skeletom Tree. Ellos se encuentran en el interior de un estudio. Aparentemente somos testigos de un hecho posiblemente rutinario, pero esto no va a ser cierto. Todo acto creativo ya es un interesante valor.

Desde el inicio, la cámara se nos ofrece como un diapasón al compás de un profundo vacío, de la sensación de pérdida de su protagonista; nos dice Luis Martínez en su crónica para el diario El Mundo, y que nosotros recogemos al pie de la letra. Cada palabra, cada frase pronunciada, cada gesto de Nick Cave expresa un dolor profundo ante el extrañamiento por la pérdida del hijo.

¿Cuál el estado anímico y físico de un creador ante la sangrante realidad?¿Cómo el acto creativo y sus procesos tienden a modificarse? De esto trata este documental. Un documental que tiende a pronunciarse como un confesionario íntimo. La grave, confusa y desordenada voz del cantante actúa como un oscurantista augurio doliente. El espíritu del hijo parece circular por el estudio como un fantasma que gira alrededor del padre, hasta que finalmente se eleva a los cielos. Este documental, en definitiva, es un testamento de un creativo, de su unidad familiar rota, y de una música que trata de reconciliarse no solo con la muerte, sino con el tiempo.

Este trabajo está concebido en tres dimensiones. Luis Martínez argumenta respecto al mismo (y tomamos nota). Pocas veces el 3-D acierta a cumplir una función tan definida y tan lejos de lo evidente. No se trata de convertir la imagen en espectáculos, sino justo lo contrario. Importa la capacidad de la pantalla para anularse como barrera, como límite. La profundidad se expande desde el fondo hasta mucho más allá de la superficie de las retinas. Todo, pero todo, duele.

En este documental se evitan las certezas. No habita el consuelo. No habita la redención. Vamos a tientas como Nick Cave. Es el pleno sufrimiento el que dicta las normas. Nick Cave es un hombre solo, un hombre aturdido.

 

 

 

 

 

 

El maestro del agua de Russell Crowe

Existe en el relato indecisión a la hora de escoger una línea clara. La historia va avanzando, la confusión se apodera del espectador, no sabemos si se trata de una tragedia, una cinta de aventuras, un film bélico, una mirada histórica, una historia de amor que fluye….. Los flashbacks enmarañan la narración aún más. El actor director coquetea con los puntos de vista, no se detiene en ninguno de ellos. Habla El maestro del agua de tantas cosas, que todas ellas resultan ciertamente inútiles, por no decir insustanciales, tal como son planteadas, expuestas y desarrolladas. La cinta preñada de estecismo quiere abarcarlo todo –no dudamos de su buena intencionalidad-.

Mary and Max de Adam Elliot

Dos almas distintas entre sí, una niña introvertida de ocho años que vive en Melbourne (Australia), un hombre de 44 años que padece la enfermedad de Asperger y que vive en New York, ambos comparten algo en común; la soledad. El azar los une, una relación de amistad que se cimenta con el paso de los años gracias a un intercambio epistolar.

Partiendo de lo anecdótico, siempre con la ayuda de una voz en off, nos adentramos no solo en la definición de los personajes -protagonistas-, sino en las peripecias e historias que acontecen a los mismos desde distintas perspectivas, sazonadas con un humor más que paródico que permite diseccionar la sociedad de nuestros días, y lo que en principio parece solo constituirse como perversos chascarrillos, evoluciona a todo un canto sobre la amistad y la perdurabilidad.

La ausencia de colores primarios, primando los tonos grises (New York) y terrosos (Melbourne) marcan no solo los espacios, sino la descripción de los personajes, la pisicologia de los mismos, sus estados de ánimo y evolución dentro de un universo social caótico, frío, desesperanzado y cruel.

Interesante pieza de animación ejecutada con la técnica de Stop Motion

Mad Max: Fury Road de George Miller

Seguramente el espectador, sin complejos, habido de emociones diversas encontrará su lugar en esta nueva entrega del Mito ochentero Mad Max, incluso algún alma, no perdida, propondrá ciertas lecturas sociopolíticas actuales.

El relato, de esta nueva entrega, resulta cuanto menos mínimo atendiendo incluso a las relaciones entre los personajes (buscando la lógica de la saga). El director confía a pies juntillas en la musculatura del montaje de atracciones, en el arrebato incontrolado y furioso de sus protagonistas y en los sonidos.