Stereo de David Cronemberg

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Pieza rodada en 35 mm.

Se cuestiona el realizador canadiense la dualidad que se establece entre el cuerpo y el cerebro. Cito sinopsis al pie de la letra. La historia gira entorno a los experimentos sexuales telepáticos que se ejercen en la Academia Canadiense para la Investigación Erótica.

Compone cuidadosamente el realizador los planos, prácticamente casi todos ellos fijos, tratando de buscar un cierto equilibrio entre las diagonales de superficies inclinadas y las horizontales –como escenario aprovecha el edificio Scarborough College de la Universidad de Toronto, su arquitectura-

Se apoya en la voz en off, su tono resulta distanciado, tendiendo al documental antropológico –lo paradójico, no se entiende apenas lo que se está argumentando debido a la utilización de un lenguaje técnico muy elaborado y complejo, aunque en el fondo nos pueda parecer creíble el discurso-

 

Ghostland de Pascal Laugier

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Parece no importar la claridad del argumento, el director busca una y otra vez el desconcierto, la desorientación que afecta tanto a los personajes como a los propios espectadores. Los giros y los quiebros rompen una y otra vez la linealidad del relato. La verosimilitud queda sustituida por obvios  golpes de efecto y masoquismo. Los traumas se insertan dentro de un universo de mundos paralelos: los reales y los imaginados.

 

Los hambrientos de Robin Aubert

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Algo insólito ocurre. Observamos desde la primera secuencia que existe y se manifiesta algo extraño. Esa serie de personajes, que se nos van presentando paralelamente, luchan por sobrevivir, dentro de un entorno de infectados o zombis depredadores de carne humana. Los hambrientos en una parca (inexpresiva) cinta convencional de terror zombi.

Nota: Algunos detalles interesantes a mencionar. Los zombis conviven con iguales que son menos feroces (figuras estáticas que solo observan, en estos habita la ausencia). El film, en ocasiones, está impregnado de ternura y humor surreal (del drama pasamos a lo cómico). Los vivos aceptan sus diferencias. Los zombis son mirados por los vivos con consternación. La mirada del director tiene un sentido de la perspectiva elíptico.

2017: Festival de Toronto: Mejor película canadiense

Chorus de François Delisle

Chorus es un film angustiante que nos habla de la aflicción. El tratamiento de la imagen en blanco y negro es un tanto frío. Se viene a reforzar esa idea primigenia de soledad pero también aislamiento tras la pérdida del hijo y que ha dejado a la pareja de protagonistas sumida en la aflicción. El tamiz del tiempo es vital para entender esta narración. Esa distancia temporal entre el suceso de la desaparición y el instante de la aparición del cadáver del menor va a permitir al cineasta analizar cuestiones como la pareja, la venganza, el duelo y su forma de afrontarlo desde la frialdad (solo resquebrajada en algún momento donde el estallido dramático se desata).

Chorus se rige por las normas del melodrama a nivel de la escritura de los diálogos y de la propia construcción de su argumento, pero evita subrayados musicales y los primeros planos. Se prefiere ahondar en ese distanciamiento entre los protagonistas, su propia vida (como individuos) y el entorno que los rodea (el uso de la voz en off es vital) mostrado desde el desafecto y la no interacción de los propios protagonistas con los demás (se muestran culpables pero también impasibles). Por ejemplo, las imágenes de los noticiarios de conflictos bélicos no afectan de lleno a la tristeza de la pareja, ellos ya viven en su propio infierno interior.

Maudie de Aisling Walsh

Por todos los medios, Maudie trata de evitar los manidos meandros narrativos del clásico biopic. Maudie, en cierta manera (y no siempre), consigue adentrarnos en el universo creativo de Maud Lewis. La realizadora reduce en lo posible encapsular una vida y su devenir en clásicos tres actos. Si es cierto, que se centra, a través de contados matices, en hablarnos de la minusvalía del personaje.

La cinta es un tanto previsible (predecible) porque concentra el trayecto de su trama en la difícil relación amorosa entre la pintora y su marido Everett. El enternecimiento anula toda posibilidad de indagar en un fascinante y complejo estudio psicológico.

Destacables las interpretaciones.

Los demonios de Philippe Lesage

En su primer trabajo de ficción, el director continua (al igual que en sus documentales) indagando en la disección de la sociedad y sus mecanismos de interacción con el ser humano. En este caso la infancia.

La cinta discurre, en principio, como una especie de tragedia doméstica, hasta que en un momento dado nos sacude un crimen. El mundo de Félix pasa por sus problemas en la escuela, su obsesión por una profesora, su visión confusa acerca de la sexualidad y los crónicos problemas que sus padres tienen. Toda esa adulta problemática enrarecida que se nos muestra, en un momento dado, pasa a concentrase en un hecho abominable. Quizás ese ambiente enrarecido sea lo que se persiga. Los demonios, desde luego, nunca llega a ser una cinta de crítica social y cuanto menos de suspense. La pulsión primitiva y violenta anida dentro de una sociedad organizada. Nada nuevo, por cierto, que contar.

El director canadiense se decanta por los planos secuencia largos. Se comienza mostrando una fracción de realidad aparentemente inocente, cuando en realidad no lo es, sino que vamos descubriendo como toda una mecánica perversa regida por lo monstruoso impregna lo cotidiano.

En el hogar no habita el amor, la banalidad constituye la existencia de los hermanos mayores, adquieren sus valores los terrores nocturnos. La escuela es jerárquica y anula los deseos, la dictadura de lo colectivo prima sobre la satisfacción del individuo. Los espacios intermedios se guían por el desasosiego, se aprecian los abismos que atentan tanto contra la vida cotidiana como a la llamada condición humana, también rigen los desplazamientos robóticos. Es entonces, cuando acertadamente adquiere toda lógica esas escenas alargadas y el poder de la sugerencia se acentúa. La densidad se materializa poco soportable, las situaciones son sofocantes y los ambientes son claustrofóbicos. Cuando se cambia de tercio en un momento dado y se desplaza sorpresivamente y de manera injustificada el punto de vista y somos testigos del crimen adulto, la cinta deja de ser efectiva y pasa a ser tramposa y efectista y manipuladora.

 

 

 

Sólo el fin del mundo de Xavier Dolan

El director canadiense se apoya en esta ocasión en una conocida obra de teatro escrita por Jean-Luc Lagarce. La narración gira alrededor de un manido artificio dramático.

Sinopsis: Tras doce años de ausencia, un joven escritor regresa a su pueblo natal para anunciar a su familia que pronto morirá. Vive entonces un reencuentro con su entorno familiar, una reunión en la que las muestras de cariño son sempiternas discusiones, y la manifestación de rencores que no queremos dejar salir, aunque delaten nuestros temores y nuestra soledad.

Intenta buscar Dolan, en sus reconocibles posibilidades manieristas formales, la búsqueda dramática que habita en el interior de cada uno de sus personajes, con la intencionalidad de captar sus emociones. Su verdad.

Dolan respeta al máximo los diálogos del autor teatral. Sin embargo, la cinta no deja de ser una suerte anecdótica, previsiblemente estirada. El estilismo formal parece más bien una pose. Una sensación lírica estilizada más bien fallida, que no encuentra encaje con lo propuesto, pese a algún que otro momento contado de inspiración. Ese pretendido virtuosismo estilístico nunca se despega de esta manida narración ininteligible. Una trama ensimismada que da vueltas una y otra vez  a las mismas cuestiones.