La piel suave de Francois Truffaut

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Reconstruir lo cotidiano de la manera más obsesiva posible. Pesan tanto hasta los más insignificantes detalles como la anécdota central de la historia o las oscuras relaciones afectivas entre los personajes.

No parece existir en la cinta arrebatos efusivos, románticos tal vez, el realizador parece buscar el día a día quizás la razón única  de su aspecto formal. De hecho todo viene a resultar rutinario, metódico, de algún modo también vulgar. Truffaut cambió mínimamente la raíz de donde proviene esta noticia

La cámara como silencioso y discreto testigo de un patético equívoco amoroso  que viene a arrastrar al protagonista  hasta los brazos de la azafata provocando de hecho más que grotescas situaciones

Lo literario impregna la narración quizás como un sobrio documento –el protagonista de la noticia de la que se parte era un médico, el realizador francés lo sustituye por un escritor; relacionado con ese contexto literario el modelo que se nos intenta proponer es el universo literario de Flaubert, en realidad Truffaut nos propone una variante literaria de Madame Bovary excluyendo a Enma para centrarse en el personaje del marido-

El realizador describe la burguesía, sus modos, sus normativas rigideces, siempre a salvo de los contratiempos, que su protagonista también víctima ve derrumbarse durante el trascurso del relato -en realidad el escritor es un mezquino-. Sentimos compasión por la existencia frustrada.

El cineasta  recurre a la sequedad realista. El deseo morboso, contenido, revelado mediante un excelente instante de vouyerismo saturado de inesperada sensualidad .

Jules et Jim de Francois Truffaut

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Henri Pierre Roché es el autor de la novela. El triángulo amoroso de la cinta, que nos ocupa, viene a constituirse como un recuerdo vivido por el novelista.

Describir emociones. Raoul Coutard fotografía la cinta en blanco y negro. Tonos grises, blancos “sucios”, paleta de contrastes, interiores que vienen a ser luminosos, exteriores a punto de estallar….

Una excelente partitura, sensaciones miles. El compositor Georges Delerue sostiene una idea, esto es lo que sucede cuando la vida y la literatura llegan a unirse. Jules et Jim pretende hacer zozobrar nuestros sentimientos, lanzándolos en forma de poema hacia los sentidos, consiguiéndolo.

Truffaut consigue hacer veraz lo que de auténtico tiene una obra literaria preñada de amistad, amor, tragedia, por qué no un retrato de lo que fue la Europa del siglo XX.

La voz en off se limita a leer una y otra vez páginas completas del texto origen, los intérpretes recitan  los diálogos, la cámara plantea la acción con impulsivo lirismo poético (ímpetu pasional). La vida se hace presente, brota como un manantial.

Jules et Jim es espontánea, nada hay de forzado, nada es acaramelado. Alegría de vivir a raudales, libertad absoluta sin cortapisas, la materia sentimental que brota en la narración, su ternura, la franqueza de su tratamiento es vida que nos desarma, tantas veces nos desarma. Truffaut nos ofrece una cinta libre y una más que desconcertante eficacia de la arritmia como estilo….

Juventud a punto de descomponerse, pero hasta que eso suceda vivamos con los personajes la inmediatez, el placer de los sentidos.

Les Mistons de Francois Truffaut

Adaptación de un cuento de Maurice Pons. Esta es una historia iniciática, una obrita sobre el descubrimiento del amor –la primera vez que nos enamoramos-, el fin de la inocencia –y de la niñez- y la muerte.

En dicho trabajo breve apunta ya algunas constantes de su filmografía, algunos principios de la llamada Nouvelle Vague vienen a filtrarse en este trabajo –equipos reducidos, cámara ligera al hombro, querencia por los exteriores, querencia por utilizar un sonido postsincrónico, claro interés por los personajes no por los paisajes, aprovechamiento de la luz solar y el formato 16mm, la palabra resulta fundamental-

La novia vestía de negro de François Truffaut

Se decanta el maestro francés por una novela escrita por Williams Irish. El texto original gira alrededor de la auténtica identidad de una asesina víctima de un loco ataque de amor. El suspense se mantiene hasta el final de la misma.

Tanto el gusto por la novela negra, como la admiración que siente el realizador por el universo cinematográfico el cineasta Alfred Hitchcock, son referencias a la hora de entender y analizar esta cinta. Sin embargo, el atrevido Truffaut busca un nuevo punto de vista tan audaz como personal. La estructura de guión es ya enormemente compleja. La agilidad narrativa es un valor. Evita el realizador los tiempos muertos. El suspense va in crescendo. Esos cuatro flashback operan como instantes de pausa, para lanzarse nuevamente a la búsqueda de un crimen que no lo ha sido, pero que está justificado plenamente en esa ofuscadora espiral, que es la venganza (la interpretación de los actores es fundamental, rica en matices).

Truffaut aprovecha todo tipo de recursos tanto visuales como auditivos. Manuel Alcalá argumenta y cito (Manuel Alcalá, “La novia vestía de negro”, en François Truffaut, cineasta, Mensajero, 1985). Ante todo, habría que reseñar los símbolos, es decir, los signos identificadores y desveladores de la concentración poética. A pesar de tratarse de una cinta cromática, muy rica en matices, el director de la fotografía Raoul Coutard sabe integrar el carácter documental y directo, aprendido con los realizadores de la Nouvelle Vague, con un predominio de la gama blanco-negro que era el más adecuado al clima sórdido de un asesinato constante. En él aparecen velos, saetas, fusiles, palomas, instrumento musicales perfectamente integrados en el conjunto.

El realizador acierta con la selección de los temas musicales. Además de la marcha nupcial que suena constantemente en aquellas secuencias de boda, tenemos que añadir, El concierto para Mandolina de Vivaldi. La delicadeza de este contrasta con el áspero argumento que discurre (Truffaut sabe integrar perfectamente imagen y sonido al igual que el maestro Hitchcock).

El realizador francés resalta el amor loco. Ese amor loco se quiebra por una intervención ajena. La cinta desde luego nunca concluye como catarsis. El espectador nunca siente compasión. No existe un valor educativo en este drama, por tanto.

Fahrenheit 451 de Francois Truffaut

Sin lugar a dudas, la metáfora que se nos propone en la novela es evidente, y se apoya en una serie de episodios históricos –desde la inquisición hasta la agresión violenta perpetrada por el nazismo contra la cultura-. En la novela los libros representan la libertad de expresión frente a la barbarie. La supresión de los mismos radica ser la instauración de una dictadura sobre los pensamientos y las emociones, proponiendo como alternativa un mundo consumista artificioso (Fahrenheit 451 se sitúa dentro de la escala térmica como el punto o índice de combustión del papel. A partir de esta definición Bradbury narra esta especie de fábula escéptica, no por ello menos orwelliana)

La adaptación cinematográfica propone un análisis acerca de la relación entre los libros y la televisión. Por tanto el núcleo narrativo que se desarrolla en el film gira alrededor de dos formas opuestas de la comunicación. Los libros asociados a la idea de libertad individual y del control sobre la propia vida y los propios recuerdos; y lo audiovisual y pantallas domésticas como un vehículo de un régimen autoritario que se apoya en la propaganda, a la vez que es un instrumento de intromisión en todos y cada uno de los hogares (convertir a los ciudadanos en objetos pasivos, impersonales, el ciudadano se encuentra desprotegido).

Las obsesiones del realizador francés acerca de la literatura y como adaptarla a la pantalla son ciertamente conocidas. Dicho trabajo es un ejemplo clarividente de cómo trasformar su obsesión en una estructura narrativa coherente, completamente articulada alrededor de su manera personal de relacionarse con el libro, por un lado y el cine por otro, según Valeria Camporesi

Debajo de un puesta en escena sencilla, comúnmente realista, que conecta con la sociedad de masas de los años sesenta (apoya estas decisiones en una excelente dirección artística y vestuario), se esconde una cinta que habla sobre la emoción y los sentimientos, sobre la alienación de los mismos, sin dejar de lado el amor por los libros.

Fahrenheit 451 es un film de suspense cuya construcción tiene claras resonancias con el cine del maestro Hitchcock (la utilización de la banda sonora orquestada por Bernard Hermann, la confección de los planos creando una atmósfera cercana a los conceptos visuales del maestro, por ejemplo).

Truffaut sitúa la acción dentro de un universo de representación único, proporciona un original lenguaje visual donde los efectos especiales se disipan dando paso a una coloración tenue casi apagada.

Fahrenheit 451, según el maestro francés, constituye una exacta alegoría sobre la libertad de expresión, el derecho a la lectura y el desarrollo libre de las emociones, que se contrapone a un mundo alienante -no menos alejado a día de hoy del nuestro- donde una patrulla de bomberos por decisión del estado quema libros en vez de apagar fuegos.