Tren de sombras de José Luis Guerín

Guerín lleva al límite las posibilidades de la no ficción fundiendo el cine casero, el falso documental, el ensayo poético y el metraje encontrado – más bien procesado,  haciéndolo parecer antiguo-, por tanto coexiste una confusión entre el cine documental y el de vanguardia y sus límites, logrando finalmente un trabajo que admite miles de sugerencias (resonancias).

La academia de las musas de José Luis Guerin

 

El último ensayo documental del reputado realizador español narra de una manera arrebatadoramente íntima la relación que se establece entre un profesor de filología y sus alumnas ante la mirada de su esposa durante aproximadamente unos seis meses (un semestre académico). En ese tiempo, de Noviembre hasta Marzo, se va tejiendo una serie de sentimientos donde la abstracción del material didáctico viene a enraizarse en el plano de todo aquello que corresponde a las relaciones amorosas sin vínculos regulados.

Guerin rompe, a la hora de construir el relato, de manera absoluta la membrana que podría separarnos emotivamente de la narración. Con delicadeza la cámara se convierte en un testigo siempre cercano a la comedia, pero también a las tragedias, que nacen de ese rosario de argumentos en los que el profesor de literatura actúa como un eje intelectual (también emocional) y sus alumnas giran entorno a este  para crear una historia mediante un engranaje veraz y sutil de todos los elementos.

La palabra como protagonista. La palabra como esencia de toda comunicación –trasmisión de saberes-. La palabra que también es el reposo de los silencios, quizás más que una virtud que va más allá de toda retórica y que define también esta propuesta. La palabra excede la acotación semántica, viene a decirnos Guerín, y cito…. del lenguaje es imposible escapar -se dice en un instante dado- porque el lenguaje es todo. El lenguaje es palabra también silencio, gesto, sombra, verso, mirada, gozo, culpa. La vida en si misma, en definitiva.

El realizador no se detiene solo ante la palabra más pura. Su habilidad también consiste en que la imagen contextualice, en todo momento, el discurso. La palabra puede ser más importante que el objeto, la palabra también deviene en objeto. Los rostros siempre se nos aparecen cercanos en el plano, pertenecen al campo de visión que nosotros percibimos desde la butaca, pero al mismo tiempo son el espejo reactivo de las palabras pronunciadas. En ocasiones, nos ocurre, que no podemos  dejar de cuestionar sus miradas –en casa del profesor de literatura, el emite un discurso de puertas hacia dentro, para sí mismo quizás; su esposa en primer plano emite las respuestas hacia nosotros los espectadores-. Los rostros de los protagonistas aparecen en diversas ocasiones encuadrados tras los vidrios a modo de compartimentos, emitiendo una sensación dual de invadida intimidad. En ese momento, en la reclusión, cuando comprobamos que nuestros personajes de desnudan sentimentalmente, nosotros ejercemos entonces como voyeurs.

La cinta no necesita un espacio, un tiempo concreto, pero se ve de alguna manera truncada con los reflejos de la realidad circundante y que se proyectan sobre los rostros tras los cristales. De esta manera, se conectan de alguna forma los personajes (y las ideas) con el mundo de lo tangible.

Guest de José Luis Guerín

Guest el invitado, el que acude a festivales, en calidad de realizador, pero también el que ve y no puede organizar

La fotografía ese espacio donde se inscribe algo que ya no está, que está ausente, ya no más es una huella de un tiempo que se detiene, sino esa experiencia en que lo mirado se desplaza hacia la mirada que construye, convirtiendo el acto fílmico en ese argumento donde transita todo lo que ocurre – y sus resonancias y lo que en apariencia se repite-, teniendo en cuenta el azar, y de esta manera la cámara adquiere la condición de la curiosidad y por supuesto de la experiencia, sin embargo aún por escribir las notas de la libreta con sus páginas en blanco, agitadas por el viento una y otra vez, son algo más que una mera equivalencia de esos registros, que luego quedaran materializados, un diario en definitiva que es el del viajero, en que el bolígrafo o la pluma es sustituido por la cámara – si es cierto que vemos en un momento dado las notas que rellenan esos espacios en blanco, en principio vacios, de esa libreta, que hemos mencionado, con las notas y los dibujos de un futurible proyecto; probablemente titulado; La biblia, localizaciones; justamente materializado durante el trayecto, lo importante es el trayecto, diría Cavafis, el diario del viajero en este caso-.
De esta manera concebimos las secuencias con libertad a la hora de engarzarlas, sin estar sometidas a una lógica narrativa, más bien serian impresiones; de esta manera transita la primera parte –que podríamos apreciar como un tanto dispersa, puede ser solo una apreciación furtiva, pero su tono es inocente, puesto que como hemos dicho con anterioridad, interviene el azar, la sorpresa, el dejarse llevar, lo inesperado en ver el mundo, el interés de desplazar el objeto al sujeto; idea que surge, por ejemplo, en el encuentro con Jonás Mekas-
Y desde esta idea comienza Guerin a mirar el mundo, a los seres, contemplarlos, interrogarlos, nunca aseverando, su voz un tanto inquisitiva, construyendo no desconstruyendo –como con anterioridad, uno tenía las sensaciones de asistir a una mera expedición arqueológica trasformadora-, adecuándose a una fase más homogénea, aunque sin dejar de jugar en ciertos tramos – mucho más proclive esta intención, como juego, en la primera fase; evocación de viejos fantasmas surgiendo las sombras; en la segunda fase solo de manera puntual-.
Y de Europa Guerin zarpa a otras latitudes, Macao, New York, Chile, Brasil, Filipinas, Colombia, Jerusalem –con la excusa de seguir presentando; En la ciudad de Silvia(recordemos que comienza el diario en Venecia de 2007, y termina en Venecia 2008, justo cuando el realizador participa como jurado, donde se encuentra con la realizadora Chantal Akerman, presidenta del mismo, que denigra la falsa línea divisoria entre el documental y la ficción, contrariamente a lo aludido por Mekas)-, y lo que comienza como iniciación culmina como diluvio, es el apocalipsis, todo se desmorona, de ahí la obsesión por la presencia de un tiempo mítico, de la inmortalización de los mitos (el cine no será lo mismo, solo reducible a un espacio catódico, ya sin interés, sin seducción, de ahí las imágenes de Jennie o Los viajes de Sullivan), pero también la obsesión de inmortalizar al ser humano antes que la globalización acabe con este –la obsesión por el retrato como el pintor en Jennie, la motivación de registrar lo que será ausente, lo que dejara de existir, lo filmado, lo meramente filmado, lo real y su contaminación, lo simplemente evocado, los seres que se quedan en la retina con sus historias como personajes, la capacidad de dilatar el tiempo-