Hacia la luz de Naomi Kawase

De nuevo, como viene siendo habitual en su filmografía, la realizadora decide de manera personalísima continuar investigando acerca de los universos sensoriales. Para la ocasión ordena el argumento en torno al invertido periplo interior que protagonizan una muchacha audiodescriptora de films para invidentes, y un fotógrafo que lentamente va quedándose sin visión. La muchacha busca con insistencia la luz (su trabajo gira dentro de la oscuridad de una sala de grabación). El fotógrafo trabaja con la luz (la luz es tan necesaria en su trabajo), pero va lentamente quedándose sin ella. Los dos encontraran la purificación de sus sentimientos frente a la luz vespertina del sol poniente, dentro de un trabajo que no cesa de indagar acerca de la relación de ambos con los resplandores de luz, sin perder la oportunidad, en ningún momento, de hurgar en los sonidos que produce la naturaleza, la fisicidad de la energía, el sonido del viento en ese agitar de los árboles (se demuestra así esa querencia tan especial que posee la realizadora en demostrar esa relación panteísta de los seres humanos con las demostraciones sensoriales del entorno donde habitamos)

Una pastelería en Tokio de Naomi Kawase

El nuevo trabajo de la realizadora resulta cuanto menos accesible, intentando en lo posible conservar su propia esencia identificativa. Sus más que poderosas imágenes han dejado de ser simbólicas, son ahora demasiado evidentes, su forma de rodarlas sigue siendo profundamente sensible, buscando aproximarse a esa depurada elegancia que tenían los grandes cineastas clásicos japoneses.

Nuevamente nos encontramos ante una trama que reivindica la sintonía entre los seres humanos y los ancestrales ritmos de la naturaleza. Sin embargo su trayecto resulta obvio, demasiado explícito. En esta ocasión la cinta gira en torno a la relación entre un vendedor de dorayakis, una adorable anciana enferma de lepra capaz de escuchar el lenguaje de los cerezos, los rayos del sol, la intensidad de los vientos (esa sabiduría le permite cocinar pasta de judías de un sabor extraordinario, consiguiendo que el pequeño y humilde establecimiento del vendedor adquiera una enorme popularidad) y una adolescente que necesita cariño.

Son preciosistas personajes en simétrica búsqueda de la madre y del hijo que tanto el vendedor, como la anciana han perdido (la muchacha adolescente espera encontrar un hogar). En su indagación, ambos conducen un relato mecánico (mecánica puesta en escena), esforzadamente lírico, demasiado alargado. Obvio en su tesis panteísta. En el film ya no habita, como en anteriores propuestas, una capacidad rupturista de las formas, un excelso vuelo de libertad indagatorio de magia, poética y misterio

Still the water de Naomi Kawase

Los ecos de un tifón resuenan en la cinta de manera silenciosa, también lo hacen de forma un tanto metafórica. Esas imágenes permiten a la cineasta –dotada de cierto carácter panteísta- regresar a la isla de Amami, la tierra de sus ancestros, para plantearnos un drama dotado de lirismo que acoge en su seno la comunión existente entre los ciclos de la vida y la naturaleza. De hecho toda la película está atravesada por sentimientos de integración entre los seres humanos y la naturaleza (el mar, la lluvia, el viento, los árboles), y su relato viene a intentar indagar acerca de las complejas, al tiempo, profundas relaciones entre los hijos y las madres. La expresión orgánica de todo ello atraviesa instantes de plena hermosura y veracidad, pero se dan otros momentos donde lo poético se ve tentado por cierto embellecimiento estético, dentro de parámetros que rozan la cursilería.

Sinopsis. Los habitantes de la isla de Amami, viven en armonía con la naturaleza, para ellos en cada árbol, cada piedra y cada planta vive un dios. Una tarde de verano, Kaito descubre el cuerpo de un hombre flotando en el mar. Su amiga Kyoko le ayudará a descifrar el misterio. Crecerán juntos, aprendiendo a ser adultos, descubriendo los ciclos de la vida, la muerte, el amor…