Phantom Thread (El hilo invisible) de Paul Thomas Anderson

Cierto aíre patológico, también autodestructivo define a nuestro protagonista. Un personaje narcisista, egocéntrico, radicalmente peculiar. Sin embargo, lo atractivo de la propuesta descansa en un más que complejo artificio, que consiste en subvertir los paradigmas referenciales de los caracteres masculinos como referencia, para hacer brotar con toda sutileza y de manera un tanto subterránea y progresiva a su antagonista femenina, hasta tal punto de transfigurarla como personaje concluyente de la trama. Toda la cinta se trata de una inmersiva experiencia (ver nota final).

La cinta transcurre en los años cincuenta entre los refinados y elegantes universos de la alta costura en Londres. Todo trascurre en escenarios interiores. No hay apenas una panorámica. Leves momentos apuntados por la cámara nos sitúan en algunas calles de la ciudad.

La argumentación bipolar se encuentra en permanente tensión, determinada entre la dialéctica existente entre nuestro protagonista y su génesis. Esa imagen difícil de catalogar, también de gestionar es señalada por una contrafigura. Ese personaje misterioso (en ocasiones débil), cuyas incógnitas no terminan nunca de resolverse, y vive instalado dentro de su propio y cerrado palacio (esas debilidades son aprovechadas tanto por su hermana Cyill como por Alma a su debido tiempo). Un lugar de trabajo que es a la vez taller y hogar. En ese palacio vive acompañado por su hermana, la cual supervisa todo (preserva la tradición y las esencias)  y un equipo de modistas y costureras. Este es un microcosmos asfixiante al que llega un día Alma. Todo el relato discurre dentro de ese complejo cosmos. Ese reducto con sus rígidas reglas y liturgias se configura como una capsula espacio temporal virtuosamente estilizada, desgajada  de todo contexto histórico, cuyas reglas, como hemos apuntado, son inflexibles.

La cinta va tejiendo y entrelazando, a partir de la llegada de Alma, un amor extraño, viciado, asolador, hermoso y venenoso al tiempo. Como bien argumenta Carlos Reviriego en su crónica sobre la cinta, publicada en El cultural (anoto): El hilo invisible entreteje las sombras, tensiones y enfermedades del amor conyugal.

El trayecto dramático progresivo nos conduce a una fortaleza femenina (y toda una experiencia inmersiva) que va construyéndose desde la emergencia, luchando por tratar de tú a tú a su antagonista. Un camino que va desembocando en la inestabilidad y el envenenamiento y que trata de buscar un perfecto equilibrio dibujado por el desvalimiento y la mutua dependencia, siempre alimentado por un poder interior. De esta manera el narcisista protagonista se enfrenta a un aura misteriosa cautivada por el deseo de una musa femenina, cuya mirada férrea  y desafiante sabe utilizar como su mejor arma. Esta, por tanto, es una compleja propuesta sobre las relaciones perturbadoras entre un creador y su musa. Una dependiente y sigilosa tensión constante, preñada de placer y desasosiego, cuya forma de placer final resultante es rendirse a una mutua alienación.

Nota  técnica: Carlos F Heredero nos aclara en su crónica de la cinta publicada en Caimán cuaderno de cine lo siguiente y anoto: Con la misma pasión artesanal con la que Woodcock modela sus encajes, sedas y muselinas, Anderson estiliza sus imágenes valiéndose del celuloide de 35 mm, cuyo sofisticado tratamiento y fotografía (subexpuesta en las tomas y subida de luz en el positivado) proporciona sutiles capas de granulado y de texturas; de exactas gradaciones cromáticas matizadas por una atmósfera de suave, pero envolvente espesor matizado por el humo que filtra la luz, de una minuciosa y siempre significante planificación (los precisos movimientos de cámara, los ángulos de los encuadres, el medido tamaño de cada plano, la intencionada y diferencial utilización del corte y del fundido encadenado), de un virtuosismo tratamiento del sonido, capaz de crear silencios en los que se escucha el paso del hilo y de la aguja a través de los vestidos, o del contrapunto que introduce la inmersiva partitura de Jonny Greenwood.

Punch-Drunk Love de Paul Thomas Anderson

El realizador se aleja de un planteamiento coral, centrándose esta vez tan solo en un personaje, un neurótico inadaptado; desajustado emocionalmente- lo sitúa ya de entrada en un margen del plano, esquinado, más bien aislado, en otras ocasiones lo encontramos de espalda, siempre en soledad, es cierto también que los intrincados travellings acentúan ese carácter neurótico antes mencionado, lo encapsulan, a veces se manifiesta indefenso o lleno de ira y violencia, por ejemplo  en la relación que se establece entre este y sus hermanas, en el enfrentamiento que mantiene con un mafioso que lleva un negocio de líneas calientes y lo está chantajeando tras haber requerido uno de los servicios, no debemos renunciar a una existencia absurda casi beckettiana, incluso a nivel laboral-; que un buen día encuentra a Lena, quien está dispuesta a darle más de una oportunidad.

Sin duda dos personajes opuestos, Amor y Caos; Orden y Alienación – se manifiesta esta característica entre otros detalles en su manera de vestir-. Poco a poco irán aproximándose pese a las dificultades –un armonio arrojado a la carretera tras un accidente inesperado anuncia una incontrolable, extraña, hasta mágica irrupción de amor; una sublimación romántica que traza un arco que va de la disonancia a lo armónico, cadencias inarmónicas como sonidos estridentes cumplen así toda ruptura del relato convencional, desconcertándonos, así como una iluminación híper saturada contagia una sensación irreal extrañamente lírica, en tensión-

Destacan las interpretaciones

Mejor director Cannes de 2002.

Sydney de Paul Thomas Anderson

Desde el comienzo el realizador ha trazado una panorámica de Norteamérica precisa, apuntando elementos clave ya sean estos económicos, sociales o culturales.

Esta cinta que nos ocupa más que un simple relato oscurantista sobre tahúres y redención –venganza- situado en Las Vegas, rompe con los convencionalismos, por tanto la trama está preñada por extraños recovecos, estos están ocupados por personajes que siempre están a la deriva –huye de toda ilustración, opta por la observación, el diálogo, no importa tanto el desenlace sino lo que ocurre-. Esa panorámica que se acerca a las geografías humanas como hemos aludido, siempre a la deriva se materializa, no solo desde el punto de vista narrativo, sino desde el punto de vista estilístico, siempre intrincado claro está dentro del relato, negando posibles subrayados –diálogos a contratiempo de la propia acción, los personajes se encuentran frente a frente dialogando, miran antes al espectador que al antagonista, de nuevo esa sensación de extrañeza, la relación por ejemplo que se establece entre Sydney y John; lo mismo ocurre con los travellings siempre lentos en su acercamiento bien sea con relación a la situación de los personajes como hacia los objetos inanimados, ya que estos de alguna manera definen a los personajes, por no hablar de la utilización del sonido en algunos casos como fondo, el sonido de las máquinas tragaperras por ejemplo, ese ruido que hacen los dados al tirarlos sobre el tapete, o los requiebros del montaje, esos insertos falsos de Tirad sobre el pianista que resuenan claro está como anécdota; incluso visualmente esa extraña combinación de cartas de póquer que definen esa sensación continua de caos que habita entre los personajes, además percibimos que la narración tiende a suspenderse, ocurre es cierto en acontecimientos relevantes, pero la puesta en escena tiende a minimizarlos mediante cierto hieratismo, volvemos a reseñar la importancia del diálogo, por supuesto es de agradecer el partido que saca el realizador de la dirección de los intérpretes apostando por la fisicidad-

Inherent vice de Paul Thomas Anderson

Uno de los rasgos distintivos de las novelas de Thomas Pynchon reside en la dificultad y complejidad estilística y estructural. La temática narrativa gira entorno a lo paranoico, la entropía, el signo apocalíptico y decadente de la historia, la desintegración del lenguaje, la ruptura de los sistemas en los que vive encerrado el individuo, el sentido de la ciencia, el militarismo y el poder en Norteamérica y el férreo control de las libertades (la manipulación de la tecnología), la ausencia de significado de nuestras identidades inmersas en el caos….Sin duda el espíritu del autor está presente y empapa la trama de esta cinta basada en una de sus novelas; Puro Vicio.

Doc Sportello se adentra en un laberinto habitado por una fauna humana delirante, excéntrica, barroca. Sin duda el espectador se pierde en su viaje, al igual que ese detective fumado que deambula, tratando averiguar el misterio. Al realizador no parece importarle los mecanismos de la intriga. Sus intenciones apuntan hacia otras direcciones siempre interesantes.

En líneas generales, salvo excepciones, la cinta discurre en torno a larguísimos diálogos, llenos de bizantinas disquisiciones con la intencionalidad de mecernos al compás de unas abstractas músicas y de fondo, cada uno de aquellos compases interfiere con el anterior en una continuidad indescifrable –según palabras de Carlos F Heredero, que anoto-.

El argumento, dícese detectivesco, deviene en una tupida tela tosca de cáñamo de conexiones pero también divergencias. Una red sobre la que esa engañosa narrativa rectilínea se ve socavada continuamente – a la vez de servir de metáfora- por una más que densa ambigüedad, preñada por una incesante tensión que da forma a un viaje alucinatorio, casi sonámbulo. Un sonambulismo flotante causado por unos efectos de las drogas circulantes, que viajan sin cesar por la diégesis del relato, y que desde luego contagian la narrativa; que a su vez es conducida de forma intermitente por una Voz en over femenina que interpone una efectiva y modulada distancia entre los acontecimientos filmados y su evocación literaria –la forma es puro contenido, por qué no el contenido es también pura forma-

Las imágenes navegan sin solución de continuidad -claro está sin romper el artificio elegido- entre lo irónico y lo paródico, entre la caricatura y la autoconciencia. Emerge entonces una especie de lánguida melancolía por el final de una era, más bien una elegía -sin condescendencia alguna es formulada- sobre una generación cuyos sueños devinieron en paranoias, caos y fanatismos…..