Belmonte de Federico Veiroj

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Belmonte no es una cinta sencilla, es insólita, reservada, tal vez indescifrable, así mismo traslucida, hábil, siempre diestra, y que no busca la facilidad, sino la exploración sencilla de la integridad de nuevos estados.

La puesta en escena se debe por completo a ese carácter cotidiano del día a día sin apenas horizontes, con ese su ritmo a veces adormecedor, que solo se rompe en determinados momentos a través de fugas imprevistas, hacia un tipo de gracia posiblemente inquietante como un final de ciclo, que sin duda volverá a comenzar fuera de cuadro.

2018: Festival de Mar del Plata: Mejor guión – Astor de Plata

La noche de 12 años de Álvaro Brechner

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Sinopsis: Año 1973. Uruguay está bajo el poder de la dictadura militar. Una noche de otoño, nueve presos Tupamaros son sacados de sus celdas en una operación militar secreta. La orden es precisa: “como no pudimos matarles, vamos a volverles locos”. Los tres hombres permanecerán aislados durante 12 años. Durante más de una década, los presos permanecerán aislados en diminutas celdas en dónde pasarán la mayoría del tiempo encapuchados, atados, en silencio, privados de sus necesidades básicas, apenas alimentados, y viendo reducidos al mínimo sus sentidos. Entre ellos estaba Pepe Mújica, quien más tarde llegó a convertirse en presidente de Uruguay.

Renuncia el director a manidos resortes narrativos de cine político, evitando, además, que su propuesta se edifique como un convencional biopic. Nos propone   un sinuoso trayecto sensorial al encierro y la psique de los personajes; el de todos aquellos a quienes les fue negada la palabra y resistieron finalmente a todo un pulso contra la locura. Un estilo impresionista que descansa en la imagen, la edición y en la acentuada enfatización del sonido, con la clara intencionalidad de trasportar al espectador justo al centro del cautiverio, de esa soledad, y de ese aislamiento, tratando de que estos experimenten las mismas sensaciones, las mismas vivencias que los presos.

Severina de Felipe Hirsch

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Sinopsis: El propietario de una vieja librería cae embrujado bajo el misterio de Severina: seductora y enigmática, de nacionalidad desconocida, ladrona de libros. El joven desorientado percibe que ya no puede confiar más en la fina línea que separa lo racional y lo irracional.

Adaptación de la novela escrita por Rodrigo Rey Rosa. Su aroma literario (también cinéfilo) nos seduce. Las resonancias literarias tienden a multiplicarse, y las citas no dudan ser reconocibles para el espectador (lector). La cinta, desde luego, acepta claras resonancias de los cuentos de Benedetti, pero no es el único autor hispano convocado.

La cinta se eleva, finalmente, como un enigmático laberinto borgiano de atmósfera gótica, que bascula entre lo extrañamente onírico, el ardiente amor obsesivo y lo inverosímil (tenazmente representado).

La demora de Rodrigo Plá

Basado en un relato de Laura Santullo titulado; La espera -un anciano desmemoriado espera a que alguien lo encuentre, se hace la noche, su hija agobiada por la dura realidad y tras intentar por última vez ingresarlo en una residencia lo abandona-.

El comienzo de la trama accede a cierto naturalismo familiar, el abuelo necesita cuidados constantes, su hija se debate entre las obligaciones cotidianas del hogar, el trabajo –un salario cada vez más precario-, el mantenimiento de los hijos y el padre.

Levemente la película va cambiando convirtiéndose en una búsqueda; la del hombre extraviado, símbolo de la memoria, la que el pierde, también la que ella, su hija, trata de recuperar. Pasamos, por tanto, de cierto desvanecimiento de lo figurativo a una larga mancha nocturna que da cabida a una metáfora trágica.

Plá conserva en todo momento un tono mesurado, íntimo, impidiendo toda deriva, todo subrayado innecesario, tomando la vida como un proceso degenerativo que en ocasiones no percibimos – es destacable en este sentido el trabajo actoral de Roxana Blanco y Carlos Vallarino-. La introducción de un tercer invitado –un antiguo vecino enamorado de la hija-  surge como un hilo que une un proceso natural, que es la existencia del ser, a lo que contemplamos como anomalía, cuando en realidad no lo es.

La demora transforma una odisea familiar urbana en una metáfora que apuesta por el perdón y la reconciliación

 

La vida útil de Federico Veiroj

No se trata de reconstruir la historia de la Cinemateca uruguaya, ni la de sus trabajadores, premisa que abre o inicia el film de Veiroj, aunque no deje de verse como una aproximación que deviene en un tono de caricatura, quizás porque se acentúan rasgos visibles, comportamientos humanos paródicos que no distan mucho de la realidad, ni de sus protagonistas, personajes o intérpretes auténticos. He aquí la confusión, se trata o no se trata de un sustrato de la realidad, desde la ficción en pequeñas dosis que viene contaminada por el documento, he aquí la cuestión.

Toda una primera parte trata de repetir los mismos rituales, programar, proyectar, encargarse del mantenimiento y promoción –oficio de la Cinemateca, del trabajo que ejerce Jorge-, adquiriendo un tono cotidiano o real o aproximado donde no se ocultan los problemas económicos del centro condenado a cerrar, pero constantemente desde la exageración, lo paródico, donde se reconocen los vicios de los cineastas que acuden a la Cinemateca o cierta retórica que pretende ser puro didactismo como el monólogo de Martínez acerca de la formación del espectador a costa de Alejandro Nevski; es por tanto como el ridículo se hace presente en forma de caricatura.

El cierre y desmantelamiento de la institución hace que cambie el registro y devenga la caricatura a cierta fabulación (marcada por la interpretación de dos temas cantados), ya en su segunda mitad, pero siempre evitando lo accesorio, lo lacrimógeno, la nostalgia por un microcosmos, una forma de vida que desaparece, ni siquiera en ese momento accede a cierta visón crepuscular, mas bien surge la redención, la apropiación de un sentimiento vital cimentado tantos años que llena la vida de Jorge, no menos ridículo si es cierto – la escena del la peluquería, la adecuación de esos planos que subrayan esta intención-, los espacios cerrados de la cinemateca trasmutan en escalinatas y el claustro de la facultad de derecho, donde lo aprendido por Jorge durante tantos años no resulta en balde –ese discurso dirigido a los alumnos, que no son alumnos, ni él el profesor y que versa sobre la mentira, si nos hará grandes-, y su figura y comportamientos imita a un bailarín Astaire o Charlot (este parecer, un tanto minimalista, viene marcado por una composición sinfónica puramente cinematográfica que acompaña a la acción).

La película se cierra de manera despreocupada como si se tratase de una fabulación, la inocencia salpica la historia de amor que se inicia entre Jorge y Paola –profesora de derecho, socia de la cinemateca- y que ya surgió en los actos anteriores; ahora los vemos desparecer bajo las luces de la ciudad en un largo plano secuencia.