Crisis en seis escenas de Woody Allen (Serie TV)

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Deberíamos definir que este trabajo se aproxima más a la concepción de un film que a la dinámica de una serie televisiva, dividida en seis capítulos. Estos, unidos y vistos de un tirón contemplan una cinta en si misma. La propuesta carece de énfasis formales, tampoco existen dosificados giros. Es verdad que varios de los supuestos episodios culminan en cliffhangers.

Las obsesiones y temáticas del cine de Allen están más que presentes. La acción se funda en torno a largas pláticas y gags hilarantes un tanto efectivos (el ritmo y la agilidad del último episodio se aproxima a la comedia alocada de los años 30). Guste o no, esta serie es un divertimento.

Manhattan de Woody Allen

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Siempre permanecerá París, se dijo Donen en Una cara con Ángel. Sin embargo, sin darnos apenas cuenta, se entromete una suave melodía de Gershwin, como telón de fondo. Escuchamos, entonces, el sonido de Manhattan. Cerramos nuestros ojos lentamente. Levemente, a continuación, los abrimos. Dirigimos nuestra mirada en Cinemascope, tan sólo un instante, y divisamos una pareja sentada en Central Park mirando hacia el puente de Brooklyn una madrugada; al tiempo, suenan unos compases de Rhapsody in Blue, Love in sweeping the country, S wonderful, Lady be good, Strike up the band y Embracable you bajo el blanco y negro de nuestros sueños, o los de Gordon Willis, quién sabe, sentenciamos.

Suena el teléfono. Descolgamos el aparato. Nos ponemos a la escucha. Al otro lado del hilo telefónico una voz nos habla en inglés newyorkino. No entendemos nada. El personaje se da a conocer, dice llamarse Woody Allen (hemos colocado un aparato traductor en el auricular/nos habla de Manhattan). Esto es lo que dice…” Me molesta, me frustra cuando lo pienso, pero es el mismo tipo de frustración que se siente cuando alguien al que amaste decepciona. Pero en Manhattan no soy crítico con New York, sino que cuestiono sus raíces…”.

El azar pone en nuestras manos una pequeña reseña sobre la cinta Manhattan, donde se argumenta lo que sigue… Comedia romántica sobre la tendencia del matrimonio a hundirse y la cultura americana a degenerar; la terrible influencia de la televisión, el veneno de las drogas, la comida rápida, la ambigüedad moral y política y la seudointelectualidad de la gente a controlar sus vidas…. Sacamos una breve conclusión: Woody piropea su ciudad pero no soporta la mediocridad moral. Se critica porque se ama. La reseña continua de la siguiente manera, quizás a nuestro juicio no de manera ordenada… Itinerario que conduce a Allen de la comedia extravagante hacia la comedia psicológica satírica, donde subsisten intrigas sentimentales entre los newyorkinos relacionados con el mundo del espectáculo y los problemas de comunicación entre el cómico y su público (ver además Annie Hall y Recuerdos). Le argumentamos a Allen… “En realidad Isacc es tu propia proyección. Conocemos tu vida como cómico. Isacc escribe gags como oneliners epigráficos o repuntes humorísticos entre líneas; pero como intérprete se siente insatisfecho porque la televisión basura no valora su genio (Manhattan arranca con los intentos fallidos del cómico ante la máquina de escribir, a modo de parodia se inicia un juego metafísico literario, evidentemente crítico, que persiste durante toda la cinta). Por otro lado, la imagen sentimental de Isacc se contrapone a la figura del Galán clásico, justificándose bajo experiencias sexuales abiertas; siempre ridículas; pero completamente honestas que se desenvuelven entre la fidelidad y la infidelidad (se escinde entre el amor de dos mujeres: una menor y una mujer madura). Resulta honesto si lo comparamos con la vida social”.

La tarde se escondía entre los rascacielos y la conversación no tenía parangón. Siempre quedará Manhattan, me dije.

Wonder Wheel de Woody Allen

Un tono marcado de insistente amargura sigue pautando el cine del realizador newyorkino. Ese escepticismo propio, casi agrio, además preña esa dialéctica existente entre el azar y el destino, ese romanticismo que al fin al cabo se manifiesta como condena y la inflexibilidad del desorden de la existencia. Cuestiones, por cierto, a tener en cuenta con toda variación posible.

Este trabajo a todas luces se define como una tragedia, que evita todo sentido coral. Buen conocedor de la dramaturgia teatral americana, Allen juega con lo vivido y lo soñado, la leyes del deseo plenamente mutiladas dentro de un falso sueño americano, juntamente con sus claroscuros (los caminos de la vida se encuentran llenos de obstáculos, las discordias entre los personajes se acentúan, incluso el egoísmo, y Coney Island no es decorado interactúa como un personaje). La devastación adopta como metáfora un personaje infantil, que arrasa con el mundo de los adultos.

Este film tragedia se plantea como una obra teatral. Los diálogos escritos se inspiran en esa mayúscula tradición de dramaturgos que van desde O´Neill a Miller, pasando por Tenneesse Williams. La continuidad dramática ha de tenerse en cuenta (las escenas tienden a alargarse, se ausenta las elipsis y el corte del montaje), así como la incidencia de la luz. Como contra, la casi anulación de los silencios tan interesantes (intensos) en toda representación teatral, y la insistente oscilación de la cámara por el espacio interior escénico, que impide, en cierto tramos, la fijación del punto de vista de todo espectador de teatro que se precie.

La importancia de la luz artificial a cargo de Storaro es fundamental. Maru Yáñez en su crítica para el Cultural nos dice (anoto). Sin música, el vaivén lumínico funciona como una suerte de banda sonora incidental, en la que cada viraje cromático puntúa, de forma nada evidente, un giro emocional.

 

 

 

 

 

 

Café Society de Woody Allen

En este trabajo se oponen las dos costas de Estados Unidos; la costa este y la costa oeste. Toma Allen para la ocasión como contexto histórico la década de los años treinta y trata de hacernos observar como los sueños fácilmente pueden resquebrajarse cuando chocan con la realidad. En Hollywood (la costa oeste) el concepto de la fama prima, afianza miles de sueños porque es el modelo original de la tierra de las oportunidades. En la costa este (New York) las mafias dominan los territorios y no solo los bajos fondos. Sus locales son tapaderas de apariencias que convierten en mundos de ensueños. La placidez y la amargura de los sueños conviven dentro del film.

Café Society no deja de ser una comedia ligera evocadora de otros tiempos. Pero bajo este caramelo gozoso cubierto de glamour subyace, como trasfondo, la idea de que habita una crisis permanente entre todo aquello que deseamos un día Ser y lo que finalmente por circunstancias y azares adversos llegamos a ser o se nos permite Ser. La realidad esconde tantas cosas, incluso la melancolía (todo ese glamour está envuelto en melancólicos tonos dorados certeramente crepusculares, ésta es la aportación del gran fotógrafo Vittorio Storaro para la cinta).

El realizador newyorkino una y otra vez altera el orden central de la trama principal (no deja de lado ni un solo momento a esos personajes protagonistas y su frustrada y tal vez elegiaca historia de amor)  para ofrecer su relato a otros frentes, a esos personajes secundarios (Allen se desenvuelve fantásticamente entre esas múltiples historias que se abren,  gracias a un uso certero de las elipsis narrativas) con la clarividente idea de reflexionar aún más sobre ese trasfondo al que hemos aludido con anterioridad, amplificando su sentido.

Irrational Man de Woody Allen

Parece que, a simple vista; nos encontramos ante un cuento filosófico un tanto pesimista, bajo una aparente luminosidad. Un cuento que gira entorno a la responsabilidad moral y la libertad individual. Sin embargo el cineasta va lentamente adentrándonos en un relato negrísimo, cuya superficie esconde desde luego perturbadores impulsos criminales (descubrimos claras resonancias del universo literario de Dostoievski y de Patricia Highsmith). La coartada de un crimen piadoso como artificiosa excusa para construirse así mismo un universo de ilusoria libertad constituido a imagen y semejanza de sus propias representaciones filosóficas. Esto último es lo que viene a impulsar al protagonista con la tentación de coquetear con el crimen –la primera parte de la cinta discurre por los derroteros de una previsible comedia romántica hasta que las filosóficas conjeturas de nuestro protagonista empiezan a conducir la trama hacia derroteros imprevisibles, sugerentes y oscurecidos, además ponzoñosos-

Nuevamente, en el presente trabajo, vuelve a recurrir Allen a la representación de la realidad como fruto de las subjetivas fantasías, al peso que tiene la moral como resultado de implicaciones generadas por un orden social y al azar como factor que pone en duda toda predestinación y genera extraños giros en el rumbo de nuestra existencia. Variaciones posibles ya tratadas en otros trabajos, pero que subrayan una inteligente visión pesimista del mundo

Magia a la luz de la luna de Woody Allen

Quizás esta no sea; para muchos, una de las obras cumbre del realizador newyorkino. Sin embargo la esencia de su cine esta sin duda presente.

Magia a la luz de la luna es algo más que una simple comedia, nada pretenciosa, simplemente encantadora. Todo resulta delicioso, los actores, decorados, sus accesorios, siempre impecables como esos giros de la trama que nos remiten al clasicismo de un tiempo, los años 30 y 40 de la gran comedia americana. Allen nos deleita haciendo guiños al género fantástico y no es la primera vez; y se plantea objetivos libérrimos como esos interminables monólogos puestos en boca de Colin Firth.

Magia a la luz de la luna es un ejercicio vertiginoso, sumamente brillante. La cinta se desenvuelve en un finísimo hilo entre la ligereza y la crueldad sin perder de vista a los hermanos Marx y al maestro Lubistch.

Es cierto, la temática del realizador está siempre presente, pero surgen todo un abanico de posibilidades que se nos abren, solo debemos estar atentos a ellas. Subsiste una reflexión sobre las misteriosas fuerzas que dirigen a la vez su práctica cinematográfica, la de sus compañeros de generación que siguen haciendo cine y la nuestra como espectadores que las visionamos. Subsiste también una reflexión sobre las necesidades, las virtudes y los contornos limitados de la creencia, de ese querer creer; pero también sobre los recursos que habitan en la ficción y de la lucidez, aceptados ambos como no antagónicos. Nos ofrece además Allen la riqueza de posibilidades de lo invisible y la diferencia de aquel que no está en una situación de decidir si proviene de la inmanencia o de lo trascendente –esto concierne desde luego al cine, al espectáculo cual sea su forma, también a la política y a la religión, atentos a tantas cuestiones que se nos llegan a plantear en este sentido, todo está ahí en el arte de Allen, en la propia trama y sus peripecias, el tema de los diálogos, en el arte de lo poético que nunca llega a ser una pose-